El otro día que estaba calculando las camañuelas de este año, me vino a la mente el recuerdo lindo de mi papá y los sabrosos cuentos que de tarde en tarde nos contaba desde que éramos muy niños. Mi padre que era venadero viejo, sabía tantas y tantas cosas, que nos daban las horas muertas parando las orejas queditos poniendo cuidado como mula en un rastrojo a sus sabrosos cuentos y a sus bellas anécdotas de esta linda tierra nicoyana.

Cabalmente uno de esos relatos que quedaron fijos para siempre en mi mente eran los del Cerro las Cruces. Siempre me llamaron la atención los cuentos del cerro y sus grandes secretos indígenas, temas relacionados con las viejas leyendas que guardaban celosas las rinconadas profundas de ese cerro que llamábamos el vigía eterno y amoroso de mi vetusta y legendaria Nicoya.

Lo cuentos del Cerro las Cruces eran relatos lindos que mi papá oyó en boca de don Rómulo Matarrita, un galipotón del Pedernal, tayacán que a su forma los oyó también chiquito de las gentes del común del pueblo allá por los comienzos del siglo pasado. Eran cuentos que como diría mi florido compadre Cirilo, eran narraciones misteriosas que volaban perdidas en las oscuranas anochecidas de los primeritos tiempos chorotegas.

La cosa es que revolcando los chunches viejos y los cherevecos de mi cabeza, en el cuento mondo y lirondo de mi papá, aparecía la pipe Juanita, una viejita chorotega legítima, una indita menudita cintura de hormiga agria y ojos de piche. Era como digamos una pura coyunda que tenía muchos de los secretos y las conocencias de una raza que en su hora y en su tiempo fuera dueña libre de esta tierra nicoyana.

Resulta ser que la viejita en lo más seco del verano, cada cierto tiempo muy de mañanita cogía por la punta del Cerro las Cruces, regresando muy de tardecita con guacaladas de carne, tamaños pocones de cacao mico, yucas, ñames y toda suerte de verduras fresquitas. Decían las gentes de antes, que esas gentes se iban por la punta del cerro y con oraciones viejas encontraban una gran puerta secreta que los llevaba a un lugar de grandes verdores en sitios bien serenos apacibles y tranquilos. 

Bueno pero siguiendo con el cuento, la cuestión era que de un pronto a otro, por el puro centro del pueblo encantado aparecía un hombrón negro que dando cuatro brincos como una mona embramada, en una jugada de viento se convertía en un gran torón negro que en menos que se persina un congo, lazaban y destazaban en un dos por tres. Despuesito en una gran ceremonia de cantos y sahumerios de copal, repartían las carnes que luego envueltas en hojonas de papaturro llevaban a sus ranchos. A media tarde en una quebradita a la salida del pueblo encantado donde la gente lavaba, lueguito de tomar agüita fresca cogían poquitos de arena que despuesito de pasar la puerta secreta ya buscando la picada, se convertía en oro amarillo del bueno.

Dicen que solo muy pocos conocían de esos secretos viejos y que en esos tiempos de antes si algún desbocado contaba la vaina, ahí mismo caía muerto o por lo menos quedaba mudo y todo pasmado tontito como ido de este  mundo.

Carlos Arauz Ramos | Libro Historia y Leyendas de mi tierra. 2010


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