Imagen con fines ilustrativos tomada de nuestros archivos
Así de improviso, como suelen ocurrir casi todas las cosas, apreté fuertemente un libro del escritor mexicano Carlos Fuentes, en el que reflexiona sobre España y América. El tomo de Fuentes se titula: El espejo enterrado. Al ver la portada, un sinnúmero de ideas empezó a revolotear, porque España posee en su seno muchas voces: árabes, judías, grecolatinas y como tales se presentan en nuestro rico idioma. Mas también está Nuestra América, poblada por voces y etnias muy diversas. Pienso en esos incas fuertes, que vivieron en sociedades matriarcales. Pienso en el rey poeta de México: Nezahualcóyotl (1402-1472), quien fue el gobernante de Texcoco, famoso por su profunda sabiduría.
¡Ah!, pero de esa España que tiene hondas raíces en el mediterráneo, y que inician las hazañas de conquista y colonización, vienen asimismo en las carabelas, las primeras legiones de esclavos africanos.
Es ahí, donde empieza, sin duda, a conquistarse el océano Atlántico, y nace, según las profundas observaciones de Walter Mignolo, el inicio de las diferencias raciales en la América hispana, pues según señala este sociólogo y otros de la corriente sociológica de Modernidad/Colonialidad, antes no hubo ese “delito” racial. Lo llamo así, porque durante la conquista y colonización de América, primero se diezmó la población nativa, y para ello fue necesario buscar esclavos en África, en un continente que tenía cultura, filosofía y reyes. No eran estos hombres de piel negra ciudadanos de segunda clase. Poseían y poseen aún, a pesar de todo, una rica cultura.
Se preguntarán ustedes adónde quiero llegar con esta introducción que se hizo más extensa de lo que yo pretendía en un principio. Muchas veces las manos son raudas y el pensamiento también, entonces, cuanto escribimos es como el acto de ir deshilvanando una portentosa madeja de hilo.
Todo en la Nada (2024-2026) es el más reciente libro escrito por el poeta costarricense, nacido en Guanacaste, Miguel Fajardo Korea. Este poeta tiene por lo menos cincuenta años de andar buscando e investigando proezas de esa provincia, una de las más bellas de nuestro país que, sin embargo, ha ido cambiando tanto, que teme una que algunos elementos distintivos queden en el olvido, o que se pierda esa rica cultura que posee el Guanacaste.
Al menos, lamento que ya no sea posible, hundir los pies en el río Tempisque, que tampoco pueda una volver a sumergirse en las pozas de ese río. Quizás haya aún árboles de calabaza, nísperos, mis favoritos de siempre, los árboles de cornizuelo, donde el árbol y las hormigas conviven en una relación surreal.
Miguel es heredero, me atrevo a decir, de la cultura africana que en uno de los viajes de los conquistadores españoles arribó y se asentó en Guanacaste. Pero su libro es de corte decolonial. Es un libro que, para los que no somos filólogos, sino simplemente lectores, debe ubicarse desde otra perspectiva que nos permita reconocer la otredad.
Para continuar desarrollando algunas ideas, vuelvo a mirar el libro de Carlos Fuentes, me siento muy atraída por una cita que está puesta en la solapa:
“Cuando buscamos en el espejo de la memoria el significado de ser latinoamericano vuelven a surgir antepasados, y las imágenes que suscitan crean profundos contrastes. La memoria oye las voces de los antiguos pueblos. Nuestra identidad es múltiple”.
Para continuar con el análisis, observo que Miguel colocó cada uno de los poemas de una manera de perfecta arquitectura. Es así como al mero inicio del poemario coloca un poema que escribió en torno a esa ciudad exótica que de siglo en siglo renace y que no morirá:
Machu Picchu
El tren devora kilómetros desde Ollantaytambo
hasta Machu Picchu, entre vastas montañas nubosas.
Machu Picchu se erige con solemnidad como la voz de los ancestros,
desde las piedras del sueño,
en la perennidad de las alturas.
Su vibración energética…
Aquí cito solo el fragmento inicial de dicho poema, que nos sitúa en un espacio geográfico que ha tenido una importancia vital en el mundo incaico. También sobre Machu Pichu escribió Pablo Neruda. Nos habló de las alturas de ese singular lugar que sigue atrayendo a estudiosos y a un sinnúmero de turistas.
Cuando se realizan estudios decoloniales la mirada y el pensamiento se centran en esta parte del mundo: América Latina, Nuestra América o Abya Yala… por una razón muy particular. Desde que aparecen las teorías de Carlos Marx, en las que se estudian las estructuras de las sociedades primitivas, y así en adelante, hasta llegar a la sociedad sin clases (que no ha existido, aunque quizás los primeros pobladores de este pequeño y muy globalizado mundo sí las conocieron). El pensamiento de Mignolo, de Dussel, de Grosfoguel y de Aníbal Quijano nos obligan a situar la atención en esta región del mapa, para observar cómo y por qué el continente llamado América Latina es una construcción.
Entonces, esta América, la nuestra, la colmada de etnias, de nativos, de culturas nahuas, aztecas, de reyes poetas, donde surgió una forma de pensamiento como el Tlacuilo, que no tiene nada que envidiar al pensamiento que se dio en el mundo occidental, entonces, sí, se empieza a desacomodar la idea o, más bien, las ideas en torno al significado que posee en su interior América Latina, con sus lenguas y culturas sepultadas bajo la tierra.