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Idalia Alpízar Jiménez

Gerontóloga y académica

Centro de Estudios Generales UNA.

 Uno de los más grandes logros que ha alcanzado la humanidad es vivir más años, y por más tiempo. En su artículo Envejecer con cuidado: atención a la dependencia en América Latina y el Caribe (2019), Natalia Aranco y otros autores indican que para 2050, se espera que la población mundial mayor de 60 años llegue a los 2000 millones. En el caso particular de Costa Rica, las estadísticas muestran que para el año 2050, el 21% de su población será persona adulta mayor, según el Centro Centroamericano de Población (2020) en el II Informe Estado de Situación de la Persona Adulta Mayor en Costa Rica.

La vejez, es una etapa más de la vida y no puede catalogarse como una condición a elegir del ser humano.  Desde que se nace, incluso desde antes, el ser humano está envejeciendo, y durante ese proceso de envejecimiento se pueden ir suscitando cambios y pérdidas.  Los cambios se van dando como parte de ese proceso natural, mientras que las pérdidas se pueden suscitar a lo largo de la vida y no necesariamente están adscritas a una determinada edad. 

Por lo que personas en edades tempranas pueden acumular más pérdidas que otras personas de mayor edad.  Y como lo expresó la OMS en el 2015 “el proceso de envejecimiento no es igual para todas las personas y se puede ver afectado tanto por factores genéticos como por factores contextuales y de comportamiento.  Por lo que puede haber personas que llegan a la vejez en condiciones saludables y con total autonomía funcional, pero pueden haber otras que comienzan a tener dificultades desde edades relativamente tempranas.  Y eso se denota particularmente en países de ingresos bajos y medios donde las enfermedades crónicas que pueden dar lugar a la dependencia funcional se pueden manifestar desde antes de la etapa de la vejez.”

Afirmar que las pérdidas se dan por motivo de edad es caer en la corriente del edadismo, viejismo, que al igual que el sexismo o el racismo tiene la tendencia de discriminar por razón de edad, y para ello se recurre a los mitos y estereotipos.   

 

Resolución temeraria de la OMS

 

Recientemente, se dio a conocer la noticia de la resolución que ha tomado  la Organización Mundial de la Salud (OMS), de considerar que la vejez debe ser incluida en la Clasificación Internacional de Enfermedades  (CIE) a partir de enero del  año 2022.

En medio de tantos avances y de tantas consignas y esfuerzos por darle a la vejez el lugar protagónico que se merece, y en medio del fenómeno del envejecimiento demográfico que se nos avecina, no es posible aceptar tal propuesta, misma que denota una percepción equivocada de la vejez y que tiene severas consecuencias, sobre todo al reafirmar mitos y estereotipos que no solo pueden afectar la autopercepción de la persona adulta mayor, sino que también provoca que personas en edades jóvenes no se preocupen por enfrentar su propio envejecimiento. 

Y esto es temerario, en un momento crucial en el cual toda acción debe de estar enfocada en garantizar que el incremento de personas mayores se convierta en una oportunidad y no en una amenaza. Fomentar que la persona joven se interese por enfrentar su propio envejecimiento facilitará que más personas puedan llegar a la etapa de vejez en mejores condiciones de  salud, con todas sus facultades y que por lo tanto puedan desenvolverse con total autonomía e independencia, liberando significativamente el desgaste de la seguridad social.

Ver a la vejez como enfermedad, se puede convertir en una forma sutil de marginación, y discriminación, por cuanto al alimentar esos prejuicios se tendería a relegar a una relación de subordinación, de cuidados y de pasividad con las personas de edad, lo que no solo las despojaría de todo el potencial que poseen, sino que perjudicaría  significativamente un buen envejecer.  Y en vano sería todo el esfuerzo que se ha venido haciendo con la campaña de sensibilización a partir de la declaración el 15 de junio como el Día Mundial de toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez.

Ya que como bien lo reafirmó la OMS en el año 2015, “las patologías  que se puedan presentar en el envejecimiento no necesariamente son lineales ni uniformes, y su vinculación con la edad de una persona en años es más bien relativa”.  Y en esa ocasión la OMS expresó también  que: “Aunque algunas de las variaciones en la salud de las personas mayores son genéticas, las condiciones en las que se viva incluso desde la etapa embrionaria, los estilos de vida saludable, los entornos físicos y sociales revisten gran importancia, como factores que determinarán la condición de salud de la persona a lo largo del proceso de envejecimiento, por cuanto contribuirían  a reducir el riesgo de padecer enfermedades no transmisibles y a mejorar las facultades físicas y mentales. “

Agrega la OMS en esa ocasión: “No hay una persona mayor «típica». Algunos octogenarios tienen unas facultades físicas y psíquicas que nada tienen que envidiar a las de muchos veinteañeros. Otras personas, en cambio, sufren un deterioro considerable a edades mucho más tempranas. Por ello, la respuesta de salud pública debe ser integral, a fin de atender las enormes diferencias en experiencias y necesidades de la gente mayor”.  Y ello quedó evidenciado en la Estrategia y Plan de acción mundiales sobre el envejecimiento y la salud 2016-2020: hacia un mundo en el que todas las personas puedan vivir una vida prolongada y sana.  En la que  la OMS  “Recordando la resolución WHA52.7 (1999) sobre envejecimiento activo y la resolución WHA58.16 (2005) sobre la promoción de un envejecimiento activo y saludable,  insta a los Estados Miembros a que adopten medidas para asegurar a la población rápidamente creciente de ciudadanos de edad avanzada el grado máximo de salud y bienestar que se pueda lograr”.

Mientras, por un lado se ha tratado de promover un envejecimiento saludable, posteriormente un envejecimiento activo y exitoso no vinculado a la enfermedad, por otro, se opta por incluir a la vejez dentro de los conceptos de enfermedad.

Resulta contradictorio e inaceptable que terminemos catalogando a la vejez como enfermedad.  Contradictorio, por cuanto ya en otros escenarios la OMS había dejado ver que la vejez no necesariamente está asociada a enfermedad; inaceptable, por cuanto el reto que nos plantea el envejecimiento demográfico requiere de acciones contundentes que estén orientadas a empoderar a toda la población que le tocará vivir en una sociedad envejecida, pero no necesariamente  enfermiza y deteriorada,  por cuanto la vejez debe de verse como una etapa de nuevas realizaciones y oportunidades. 


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