La devoción por Nuestra Señorita Virgen de Guadalupe en Nicoya, Provincia de Guanacaste, se estima data de más de cuatrocientos cincuenta años, de conformidad con lo que la tradición oral y los elementos históricos establecidos. Es interesante destacar como una gran devoción del pueblo mexicano originada después de la aparición de la Virgen de Guadalupe al indígena Juan Diego en el año 1531, unos años más tarde, se proyectara muy rápido al pueblo nicoyano en los alrededores del año 1544.

La historia indica que aproximadamente desde finales del siglo X se estuvieron produciendo migraciones de pueblos de tradición mesoamericana, a lo que hoy conocemos como los territorios centroamericanos. Estos indígenas se estima estuvieron incursionado con mayor énfasis estos territorios en el principio del siglo XI con el propósito recoger impuestos para los emperadores aztecas. Posiblemente las posteriores migraciones se produjeron aproximadamente a partir del siglo XII fundamentalmente por las sequías, las hambrunas y las guerras que asolaron los pueblos mejicanos en esos tiempos. Entre estos grupos que emigraron se encontraban los Chorotegas, pueblo mesoamericano que se estableció en los que hoy es la provincia de Guanacaste, principalmente la Península de Nicoya y la costa pacífica hasta lo que hoy es Quepos. El vocablo chorotega significa el pueblo que sale en fuga.

Como pueblo mesoamericano, los chorotegas tenían muchas de las creencias religiosas de los pueblos que habitaron lo que hoy es México. Realizaban grandes festividades religiosas, tal es el caso de la Fiesta del Sol o la Fiesta del Maíz. En estas grandes fiestas adoraban y rendían tributo a los dioses en sus altares, santuarios o teyopas. Los principales dioses de los chorotegas nicoyanos eran el Sol, la Luna, el Viento y el Agua, los mismos respectivamente representados en la mitología mesoamericana básica como Huitzilopochtli, Meztli, Ehécatl y Tláloc. 

Como parte de sus creencias y tradiciones animadas por su gran fuerza espiritual, los chorotegas realizaban sacrificios humanos, donde la carne de los sacrificados eran tenidas y comidas como puro manjar santo.  La sangre era lanzada a los cielos con el propósito de dar de comer a los dioses. En la música ritual durante sus fiestas en honor a los dioses, realizaban prolongados areitos o danzas usando ocarinas, pitos, silbatos, sonajas y tambores o atabales.

Nicoya fue la ciudad precolombina que encontraron los españoles cuando Gil González Dávila llegó en el año 1523. Nicoya era la capital de la Nación Chorotega, región que ocupaba el actual territorio de la Provincia de Guanacaste y parte de Puntarenas en lo que hoy es Costa Rica. El territorio de Nicoya fue instituido  Corregimiento en el año 1554, Alcaldía Mayor hacia el año 1566 y más tarde en 1786 Partido de Nicoya, condición que mantuvo hasta su incorporación a Costa Rica en el año 1824.

Los españoles en sus afanes de conquista, desde su llegada años trajeron su tradición religiosa lo que de inmediato chocó con las creencias propias del mundo de los indígenas. Durante los primeros años la administración espiritual de Nicoya estuvo encomendada a misioneros de la orden de San Francisco. La más vieja tradición oral nicoyana dice que los españoles trajeron varias imágenes religiosas, entre ellas una imagen de bulto de San Francisco y un crucifijo grande llamado el Señor de la Conquista.

Según lo afirmado por muchos historiadores aparentemente la conquista religiosa a partir del año 1523 no tuvo ni encontró mucha resistencia, sin embargo el cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo en el año 1529, a su paso por el pueblo de Nicoya, capital de la Gran Nación Chorotega, presenció y describió con lujo de detalles la Fiesta del Sol o Fiesta del Maíz, rito que incluía sacrificios humanos al mejor estilo de los pueblos mesoamericanos, tradición de la que provenían los Chorotegas de Nicoya. Esto permitió afirmar en forma contundente que las prácticas religiosas chorotegas no habían sufrido menoscabo y que por lo tanto, a seis años de la llegada de los españoles, estos no habían logrado someter verdaderamente a los chorotegas en materia de religión.

Dado que los españoles enfrentaban una tenaz resistencia indígena, principalmente en el campo religioso, posiblemente se aferraron al impacto que pudiera causar en los indígenas de Nicoya la aparición de una madre diosa morenita a un indígena en el México de 1531, en el antiguo oratorio y sitio de adoración de la diosa Tonantzin la diosa madre de la mitología mesoamericana. No se sabe con certeza cuando pudo haber llegado esta devoción a Nicoya, pero se ha estimado, dada la tradición oral nicoyana, que a finales de la conquista en el año 1544 pudiera haberse introducido esta tradición en Nicoya. Además, por qué no considerar la alternativa de las tradiciones religiosas mesoamericanas, que venían con los indígenas migrantes quienes desde los años 800-1000 transitaban las costas del Pacifico de Centroamérica. Venían como mercaderes, como migrantes o como recolectores de impuestos, y sería muy posible que entre sus deidades mantuvieran en forma preponderante en el inconsciente colectivo a la ancestral Tonantzin, la Diosa Madre, la madre de todos los dioses del panteón mesoamericano. Es decir era una diosa de tradición mesoamericana, tradición de la que procedían los chorotegas de Nicoya. Con seguridad una combinación de estas consideraciones anteriores, pudo haberse transformado en esta bella tradición que con gran esplendor engalana portentosa las más sublime de las costumbres religiosas del pueblo nicoyano. Este pudo haber sido uno de los elementos que reafirmaron la religión católica en la región guanacasteca y que convirtió a Nicoya en la cuna de donde partió la evangelización de Costa Rica

Desde el inicio, los españoles, dejaron la devoción de la Virgen de Guadalupe en manos de los indígenas cuya fiesta principal se realizaba cada 12 de diciembre, el día del Milagro de las Rosas. Los españoles según se estima solo oficiaban la misa, y toda la fiesta como un resabio de la Fiesta del Sol, la organizaban y disfrutaban los indígenas. Posiblemente con el tiempo muchos indígenas de la comarca se fueron sumando a la devoción y optaron por pernoctar en Nicoya en los preparativos de la festividad. Es seguro que la gran cantidad de devotos generó otras necesidades como posada y alimentación, lo que obligó a realizar los preparativos con mucha antelación en lo relativo a la siembra y cosecha de maíz, cacao, tubérculos y otros materiales, así como la cría y la caza de animales para preparar las viandas y comidas de la celebración. Esto pudo haber sido el inicio incipiente de la Cofradía de Nuestra Señorita la Virgen de Guadalupe en Nicoya. Esto se puede relacionar con el hecho que según la tradición oral, se dice que en la Nicoya de finales de la colonia todavía había marcada división con los indígenas ya que el poblado estaba mojoneado, situando en la parte este  los ranchos indígenas y en el oeste los caseríos de los españoles.

La devoción por la Virgen de Guadalupe al quedar en manos de los indígenas permitió la combinación de creencias españolas e indígenas, en un verdadero sincretismo religioso. Según algunos cronistas, en sus festivales acostumbraban llevar sus músicos al interior de la iglesia, donde bailaban disfrazados ante una imagen de la Virgen. Además si no había sacerdote, acostumbraban ellos mismos realizar sus ceremonias fúnebres ante una imagen bendita de la Virgen. De igual forma en la organización de la Cofradía así como en sus actividades se confunden términos hispanos e indígenas, como son nacume, tiste, chicheme, nisquesa, chicha, nimbuera, mayordomos, priostes, diputados y patrones. Es indudable que con el paso del tiempo muchas familias de nicoyanos no indígenas empezaron a sentirse atraídos por la devoción hacia la Virgen de Guadalupe, integrándose como servidores de la Cofradía y fieles devotos de la virgencita, hasta llegar a convertir a la Virgen de Guadalupe en la adorada patroncita de la comunidad nicoyana, veneración noblemente compartida con San Blas, el Santo Patrono de Nicoya.

Por Carlos Arauz Ramos


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