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Irwin Martínez Zúñiga, es un estudiante de cuarto año, de la Escuela de Moracia.
Irwin Martínez Zúñiga, es un estudiante de cuarto año, de la Escuela de Moracia.
  • Además, cuatro estudiantes guanacastecos más de Liberia, Santa Cruz, Cañas y Nicoya son los merecedores de los premios regionales del concurso.

Por: Silleny Sanabria Soto.

Al igual que todos los años, Guanacaste ha tenido una participación destacada en el certamen “Mi Cuento Fantástico” y en esta décima edición destacó aún más al tener a sus ganadores en nacionales y regionales en la provincia.

Irwin Martínez Zúñiga de cuarto año y de la Escuela de Moracia de Liberia, fue el merecedor del primer lugar a nivel nacional; mientras que Sofía González Aguilar, de la Escuela de Moracia Samaddy Nicole Rodríguez G. de la Escuela de Filadelfia Santa Cruz, David Calvo Gutiérrez de la Escuela El Carmen de Cañas e Ian José Villalobos Blanco de la Escuela Antonio Maceo y Grajales de Nicoya, se consolidaron como los ganadores del Premio Regional del concurso de escritura.

Los cuentos de estos cinco estudiantes guanacastecos dieron la lucha ante 1419 cuentos de todo el país recibidos por los organizadores del certamen en este 2021.

El evento de premiación se transmitirá el 1 de diciembre a partir de las 10 a.m. por Facebook Live (https://www.facebook.com/AmigosDelAprendizaje), donde se hará un reconocimiento especial a la Escuela de Moracia por sus 6 años de participación continua y por los buenos resultados alcanzados en el certamen.

“Los zapatos vacíos”. Autor: Irwin Martínez Zúñiga.

En un pueblo lejano vivía un niño llamado Jacobo, de cariño le decían Yaco. Era muy educado, amigable y servicial, le gustaba jugar con sus amigos en la plaza y amaba a su familia: mamá, papá, abuela y la hermana mayor.

Cierto día, la mamá le dijo: - Yaco, llama a tu abuela y dile que ya está lista la cena. Muy obediente, Yaco se dirigió al cuarto de su abuela y tocó la puerta. Al abrirla pudo ver que ella permanecía sentada en su cama y miraba fijamente un par de zapatos que estaban bajo el armario. El niño observó a su abuelita detenidamente y pudo ver que una lágrima corrió por su mejilla.

-¡Abuela!-, dijo Yaco. Ella reaccionó rápidamente, limpió su cachete y respondió: -Dime, mi niño.

-Ya está lista la cena-, le dijo Yaco, y juntos se dirigieron al comedor.

Esa noche, muy inquieto, Yaco no dejaba de recordar a la abuela viendo los zapatos. En otras ocasiones, ya la había visto haciendo lo mismo.

Al día siguiente, el niño se dirigió al cuarto de la abuela y le preguntó: -Abuela, ¿por qué́ miras con tanta tristeza ese par de zapatos?-. Ella soltó un largo suspiro y le dijo: - Ven, acércate…. Mira, mi pequeño, esos zapatos estuvieron llenos de amor, de trabajo, de valentía, pero hoy están vacíos.

Los ojos de la abuela se humedecieron y unas lágrimas rodaron por su arrugada piel. El niño, aún más intrigado, salió de la habitación; no logró comprender lo que su abuela le había querido decir.

Esa tarde, estando en la plaza con su amigo Lucas, le comentó lo que le había sucedido. Yaco se llevó una gran sorpresa cuando Lucas le dijo que su tía también guardaba zapatos vacíos y que muchos en el pueblo los tenían, pero que nadie quería hablar de ese tema.

Yaco quiso obtener respuestas y fue donde su mamá a preguntarle, pero ella le dijo: -Eres muy pequeño para comprender lo que pasa, cuando seas más grande te lo explicaré.

Al día siguiente, de nuevo en la plaza, Lucas le dijo a Yaco: - ¿Sabes? Mi abuelo me cuenta que allá muy lejos, llegando a los límites del pueblo, vive un hombre muy sabio, es uno de los más viejos del pueblo, se llama Florentino, pero todos lo conocen como don Tino. Tal vez él sepa la respuesta de porqué los zapatos vacíos.

A la mañana siguiente, Yaco y Lucas se dirigieron a la casa de don Tino, en busca de una respuesta.
Estando ya en la casa, Yaco tocó la puerta. Esta de pronto comenzó a abrirse y asomó la cabeza un anciano con cabellos blancos como nubes, su rostro reflejaba mucha dulzura.

Con una voz dulce, le dijo: - ¿Qué se te ofrece hijito? ¿Qué hacen por acá tan solos? ¿Acaso sus padres saben que vinieron hasta acá?

- No saben-, contestó Yaco.

- Mmm… ¿Sabes mi niño? La desobediencia es la peor perdición del ser humano -advirtió el anciano-. Y dime, ¿cuál es tu nombre?

- Me llamo Jacobo, pero me dicen Yaco, y él es mi amigo Lucas. Disculpe que vengamos a molestarlo, me contaron que usted es un hombre muy sabio y tengo una pregunta, la cual nadie ha querido responder, y pensé que usted sí lo haría.

El anciano cariñosamente le dijo: - Mira pequeño, en ocasiones es mejor no saber las cosas… pero ven, sentémonos acá y cuéntame.

-Pues verá -dijo Yaco-, he visto cómo mi abuela contempla con tanta tristeza un par de zapatos.  Cuando le pregunté, su respuesta fue “estos son unos zapatos vacíos”, pero no comprendo esa respuesta, y también supimos que muchas familias del pueblo tienen zapatos “vacíos”. ¿Usted sabe cuál es la razón? El anciano miró fijamente a Yaco y le dijo: - Eres un niño muy inteligente y sé que entenderás lo que te voy a contar… Hace un tiempo, cuando tú eras solo un bebé, llegó a este pueblo una gran enfermedad que trajo muerte, angustia y mucho dolor, fue algo muy duro. Las personas comenzaron a enfermarse, era un virus muy contagioso y los doctores hacían todo lo posible para salvar vidas, pero la desobediencia fue lo que más provocó todo el dolor que pasamos.

- ¿La desobediencia? ¿Cómo así? ¡No entiendo!-, dijo Yaco.

- Mira, Yaco, eso era una enfermedad terrible y los médicos recomendaron a todo el pueblo no salir de sus casas, lavarse las manos, mantener la distancia y cuidarnos unos a otros. La gente así lo hizo al inicio,   pero, conforme pasó el tiempo, todos comenzaron a salir, hicieron fiestas y turnos, se reunían en la plaza, olvidando las recomendaciones de los médicos. Y fue ahí donde las cosas se pusieron muy mal, el contagio se extendió más y más, las personas enfermaban y morían en gran cantidad, todo se salió de control. Así fue como la muerte y el dolor inundó todo el pueblo, dejando cada vez más los zapatos de nuestros seres queridos vacíos.

- Pero, ¿y usted no enfermó?-, interrumpió Yaco.

- ¡Ajá! Eres un niño muy inteligente. No Yaco, yo no enfermé porque, como vivo tan lejos, casi nadie viene a visitarme, y si alguien del pueblo pasaba por acá me saludaba a la distancia, por esa razón yo no enfermé-, explicó el anciano.

Fue ahí donde Yaco y Lucas comprendieron que todos los zapatos vacíos eran de las personas que habían muerto durante esa enfermedad.

-¿Saben niños? Todos los habitantes de este pueblo aprendimos una dura lección-, concluyó don Tino. Yaco en ese momento comprendió el valor de cuidarnos unos a otros. Sorprendido y emocionado, le agradeció al anciano por haberle contestado la pregunta que tanto lo inquietaba.

Muy contento corrió a su casa, se dirigió adonde estaba su abuela y le dijo que ya comprendía el porqué de los zapatos vacíos. La abuela sonrió triste, pero Yaco le dijo que ya no se pusiera así y que él los iba a llenar con mucho amor. Desde ese día, la abuela no volvió a llorar por "los zapatos vacíos".

Para leer este y demás cuentos puede visitar la antología de cuentos ganadores, en https://micuentofantastico.cr/ 


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