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Los indígenas de la época, los confeccionaban con materiales como arcilla, madera, ramas y hojas, piedra volcánica, barro, oro, plata, cerámica y jadeíta. Una vez listas las coloreaban y decoraban con pigmentos naturales. Estas máscaras se hacían con rasgos animales y grotescos; cuernos, grandes colmillos, deformaciones, facciones de felinos, venados, murciélagos, serpientes, ranas, lagartijas, monos, aves y otros, propios de su medio natural, y significativas de su cultura que se utilizaban en ritos fúnebres o para ocasiones festivas, entre otras.

La más famosa y que se ha logrado preservar hasta la fecha, no sin algunos cambios, es el Juego de los Diablitos, de la comunidad Boruca. La actividad tiene cabida entre el 31 de diciembre y el 2 de enero de cada año, en donde los participantes se disfrazan para la celebración e interpretan danzas, cantos, teatro, artesanía y, posterior a la conquista, una “burla” a los fuertes pero torpes españoles (representados a través de la figura del toro) contra los ágiles y astutos aborígenes. Este uso es el más importante, el que siembra las bases de las mascaradas actuales y que, luego de la conquista española, empezó a transformarse y mezclar culturas, técnicas y materiales hasta llegar a lo que conocemos hoy en día.

Primeras Mascaradas Costarricenses

La primera mascarada como tal nace en Cartago durante las celebraciones en honor a la Virgen de los Ángeles, Patrona de Costa Rica, el 2 de agosto de 1824. Rafael “Lito” Valerín era un artesano de la zona, quien desarrolló a la primera “Giganta”: máscara sobre un armazón de madera para darle la sensación de gran tamaño.

“Lito” Valerín, nacido en 1824, trabajaba desde tiempos en la talla de jícaros para hacer marionetas, instrumentos musicales como guitarras, violines, bandolinas, marimbas y, también, arreglaba sombreros. Él tocaba todos los instrumentos a oído. Don Lito era devoto a la Virgen de los Ángeles y colaboraba en los quehaceres de la Iglesia. Un día, en el templo católico, encontró un baúl, en donde había unas máscaras de cabezas de origen español. Por temor a ser visto, cerró dicho objeto. Sin embargo, en una esquina del lugar en la que se encontraba, vio otra de esas cabezas e interpretó esto como un mensaje de la Virgen. Con esa cabeza hizo un cuerpo con un armazón de madera y “así confeccionó una “Giganta”.” (Avelino Martínez y Guillermo Martínez, 2007:63)

Luego de eso combinó su técnica para elaborar máscaras a base de papel desechable, engrudo y cedazo, con la tradición de los “Mantudos”: personas que se envolvían en mantas de colores con agujeros para los ojos y nariz. Rafael confeccionó de este modo varias máscaras y gigantas que eran utilizados en las festividades religiosas de la zona. Su hijo, Jesús Valerín, preservó la tradición y dedicó su vida a la fabricación profesional de mascaradas, modeladas con arcilla, papel, yeso y alambre. Avelino y Guillermo Martínez (2007) explican que “A partir de 1910, con el terremoto de Cartago, desaparecieron las mascaradas. En 1912, para levantar los ánimos a raíz de dicho fenómeno, Jesús Valerín organizó el primer carnaval en Cartago con todas las máscaras que poseía. Luego, con esa mascarada se hicieron las fiestas agostinas en la plaza de la Basílica y en la iglesia en el barrio Asís de Cartago.” En su vejez y como acto de preservación de las mascaradas, Jesús Valerín les vendió los moldes a los hermanos Pedro y Manuel Freer, quienes conservaron la tradición y la llevaron por primera vez a las fiestas de San José, en Zapote. De ahí surgen otros artesanos que se dedican al arte de la confección de mascaradas y las llevan a diversas zonas del país.

Continuando el sentido de burla heredado de los aborígenes, las primeras mascaradas buscaban representar a figuras de autoridad en un plano humillante y pintoresco; la mujer española encopetada y acaudalada, el diablo (también llamado Cuijén o Pisuicas), la muerte (Ñata, Ñatica o Calaca), el policía y el campesino. Los locales encontraban divertido ver a estas figuras de poder corriendo y bailando por las calles, con sus cabezas enormes y vestidos de mantas. Esas cinco figuras destacan como los "Mantudos" más tradicionales, pero poco a poco se fueron creando otras máscaras que representaban tanto a personajes destacados del pueblo (el obispo, el borracho, la cocinera), como a leyendas o tradiciones costarricenses: la Segua, el Cadejo, el Padre sin Cabeza, la Llorona, la Tulevieja, la Mica, entre otros. En la actualidad, algunos mascareros realizan sus obras inspiradas en personas reconocidas a nivel nacional o internacional (deportistas, presidentes, periodistas, etc.) y en personajes de la cultura popular; músicos, dibujos animados, personajes de series o películas, por nombrar unos ejemplos. Sin embargo, muchos artesanos no están de acuerdo con esto, ya que dicen que las figuras populares carecen del sentido de tradición y pertenencia autóctona del tico.

Fuente: si.cultura.cr


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