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La figura menuda, pero esencial de la Madre Teresa (1910-1997) es transformadora.  Cuando leemos su pensamiento, esa cosmovisión filantrópica se agranda y conmueve. Su quehacer terrenal, pleno de bondad y compromiso, le valió el Premio Nobel de la Paz en 1979. Fue beatificada en el 2003 y fue canonizada por el papa Francisco. Ella ejerció como monja más de medio siglo.

            La imagen mundial de la Madre Teresa nos permite visualizarla con su hábito religioso: el sari, con su guarda azul, simboliza la humildad y la modestia de María; el cinturón, la pureza angelical; las sandalias, su libre elección de una vida dedicada al Señor; el crucifijo, signa el amor.

            En sus libros “Amor un fruto siempre maduro” (2003) y “Donde hay amor está Dios” (2014), hemos logrado conocer las enseñanzas privadas de la Santa de Calcuta, su relación con Dios, y su legado de un mayor amor por los demás, sobre todo, con los más pobres. En 1948 fundó las Misioneras de la Caridad. 

            Dios y amor fueron las dos palabras centrales de su vida. Dios fue el centro de su existencia.  Para ella fue amor, alegría, luz y verdad. Ella sirvió a Dios con su inclaudicable trabajo, a favor de los menos favorecidos, con una convicción y abnegación conmovedoras.

            Alguna vez, alguien quiso comprarle sus sandalias en $300, pero ella pidió la donación para los pobres que atiende, con la condición de dejarse sus propias sandalias, que representaron su inigualable paso por el espacio terrestre de su vida.

            De hecho, las Madres de la Caridad (MC) tienen cuatro votos estrictos, a saber: castidad, pobreza, obediencia y servicio gratuito de todo corazón a los pobres. Cada voto es un acto de devoción.

            El legado de la Madre Teresa se fundamentó en la atención a 36 000 personas recogidas de las calles, hogares para 16 000 moribundos y huérfanos, atención de 158 000 leprosos, impedidos físicos o mentales. Cuando ella muere, hace 29 años, había 3842 misioneras, distribuidas en 594 fundaciones en 120 países.  Asimismo, 363 misioneros en 68 fundaciones a lo largo de 19 países.

            Cuando observamos un mundo desangelado, con rumbos inciertos, el pensamiento de la Madre Teresa se alza como un ejemplo excepcional de bondad, filantropía, comprensión, desprendimiento, amor, fe, coraje o testimonio.

            Su vida fue un hacer humanístico increíble. Más allá de ser creyentes o no. Su prédica perenne fue el amor por los demás, como una respuesta inmediata a las convicciones y necesidades de atención que demanda el mundo actual.

            Concluyo con una de sus enseñanzas esenciales, de gran actualidad: “A menudo el padre y la madre están muy ocupados.  No tienen tiempo para sus hijos”. Por esa razón, nos hemos convertido en familias monosilábicas, es decir, no se dialoga con aquellos a quienes tenemos al alcance del abrazo, sino que se prefiere las “comunicaciones virtuales”; basta observarlo en los autobuses, donde el “pasajero digital” va absorto en muchos dispositivos electrónicos, sin importarle quién va al lado y, mucho menos, sin propiciar una conversación.

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