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Un sistema híbrido, que combina paneles que capturan agua del aire con tanques de captación de lluvia, le devolvió a la Escuela de Playa Torres y a la Unidad Pedagógica Rural Isla Caballo algo que hasta hace poco era un lujo: agua potable todos los días. En el resto de la isla, las casas de habitación siguen dependiendo del agua que llega en barco desde Puntarenas.

Isla Caballo se ve tan cerca de Puntarenas como aislada en la práctica. Ahí, ciencia y comunidad se unieron para resolver algo tan básico como el agua en dos escuelas. Fotografía Sergio Pacheco S. / TEC

Isla Caballo está en medio del golfo de Nicoya, tan cerca de Puntarenas que se puede ver desde la costa, aunque solo se llega por mar. Ahí viven cerca de 350 personas, sin red eléctrica ni acueducto, y con pozos que se contaminan con agua salada. Durante años, la única forma segura de tener agua potable fue traerla en barco desde Puntarenas, en bidones plásticos, y subirla a mano hasta donde hiciera falta. Esta también es Costa Rica.

Luis Torres, representante de la Asociación de Desarrollo Integral de Isla Caballo, recuerda cómo era conseguir agua para la escuela antes de que existiera el sistema actual.

“Teníamos que jalar agua de un pozo ubicado a un kilómetro o kilómetro y medio, y subir las tinas hasta la escuela para poder darle agua a los niños. Esa era la situación”. Luis Torres, Representante de la Asociación de Desarrollo Integral de Isla Caballo

Hoy, en la Escuela de Playa Torres, esa escena ya no se repite. Desde hace poco más de un año funciona ahí un sistema híbrido de cosecha de agua, desarrollado por el Tecnológico de Costa Rica (TEC) con el acompañamiento de la Universidad Nacional (UNA), que capta agua tanto del aire como de la lluvia y la convierte en agua potable disponible en el tubo, todos los días.

Tres tecnologías, una misma meta: no depender de una sola fuente

Lo particular del sistema instalado en Playa Torres es que no apuesta por una sola tecnología, sino por tres que se complementan.

Dos de ellas cosechan agua directamente del aire. La primera es un arreglo de seis hidropaneles, que usan materiales conocidos como MOF (estructuras metalorgánicas, por sus siglas en inglés) capaces de atrapar la humedad del ambiente durante la noche y, durante el día, con ayuda del sol, liberar esa agua para que sea recolectada y filtrada. No necesitan electricidad externa para funcionar, aunque producen relativamente poco: entre 546 y 910 litros al mes, según las mediciones del proyecto.

La segunda tecnología atmosférica son dos condensadores eléctricos, parecidos en principio a un deshumidificador doméstico, pero pensados para producir agua potable. Rinden más que los hidropaneles, hasta 1213 litros al mes, pero consumen bastante más energía.

La tercera pata del sistema, y la que aporta la mayor parte del agua, es la cosecha pluvial, la de lluvia. Aníbal Ruiz Barquero, también profesor de la Escuela de Ingeniería en Electrónica del TEC, explica cómo funciona en la práctica.

“El sistema es híbrido, se complementa con la cosecha pluvial. Recolecta el agua llovida de toda una parte del techo y se deposita en cuatro tanques interconectados, con una capacidad de almacenamiento de 20 mil litros." Aníbal Ruiz Barquero Profesor de la Escuela de Ingeniería en Electrónica del TEC

Todo ese circuito funciona con energía solar propia: un arreglo fotovoltaico, un banco de baterías y bombas que recirculan el agua entre los tanques para evitar que se estanque y proliferen bacterias, hasta que llega a una etapa de filtrado en tres pasos, sólidos grandes, sólidos finos y carbón activado, seguida de luz ultravioleta, antes de salir presurizada hacia la tubería de la escuela.

La razón de no depender de una sola tecnología es sencilla: cada una falla o rinde poco en momentos distintos. En la época seca, cuando los tanques de lluvia bajan, los sistemas atmosféricos siguen produciendo, aunque sea poco. En la época lluviosa, la cosecha pluvial multiplica su capacidad y compensa lo que los hidropaneles y condensadores no alcanzan a dar.

Es, literalmente, no poner todos los huevos en la misma canasta, en una isla donde no hay ferretería a la vuelta de la esquina si algo se daña.

Lo que significa, para una escuela, tener agua todos los días

Los números de litros por mes explican el diseño del sistema, pero no explican del todo por qué importa. Eso lo cuenta mejor Yenoris Obando Sequeira, directora de la Escuela de Playa Torres, que lleva cinco años al frente del centro educativo.

“No sé qué sería esta escuela sin el Tecnológico y la Universidad Nacional. Nunca nos han dejado solos, y hoy nuestros niños tienen la oportunidad de tomar a diario un vasito de agua potable, de agüita fría”. Yenoris Obando Sequeira, Directora de la Escuela de Playa Torres, Isla Caballo

Obando describe algo simple pero que es fácil dar por sentado en cualquier otra escuela del país: que los estudiantes lleguen y lo primero que encuentren sea agua. En Playa Torres, llegar a clases ya implica un esfuerzo, muchos niños viajan en bote o caminan tramos largos hasta la institución y antes del proyecto, ni siquiera ese primer vaso de agua estaba garantizado.

Hay una condición, eso sí, que la directora no deja pasar: el sistema depende de electricidad. “Mientras tengamos electricidad, porque si se nos van los paneles (solares), no nos funcionan el resto de sistemas”, advierte. Es un recordatorio de que, en una isla sin red eléctrica, cada componente del sistema (paneles, baterías, bombas) tiene que sostenerse a sí mismo, y de que la sostenibilidad del proyecto no termina en el día de la instalación.

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