San José: Arboleda, 2009: 186 páginas. Edición de 500 ejemplares. Diseño de portada: Leonardo Villegas; producción editorial: Américo Ochoa. El volumen recoge 110 poemas. Se contó con el apoyo de Hawer Canales Garro, quien fue mi asistente en la Universidad Nacional.
San José: Arboleda, 2009: 186 páginas. Edición de 500 ejemplares. Diseño de portada: Leonardo Villegas; producción editorial: Américo Ochoa. El volumen recoge 110 poemas. Se contó con el apoyo de Hawer Canales Garro, quien fue mi asistente en la Universidad Nacional.
  • Miguel Fajardo y Orlando de la O.

Ciro Montero Guevara (Nicoya: 1923-2004). En la introducción del libro, dediqué 23 páginas para sistematizar la amplia producción literaria del escritor nicoyano. En el mapa lírico de Ciro Montero hay una decidida preocupación por la trascendencia del ser y observa la vida como un viaje “más allá de mí mismo”.

La conceptualización sobre Dios es recurrente. El yo lírico desea presentarse son- riente ante Él, quien calmará su sed, es decir, su acento es devocional ante quien es la suma de “toda la energía/ y de la luz eterna”. Sabe que Dios es omnisciente, paz, regazo, bendición.

Una de las vetas temáticas más incisivas que muestra este espacio poético es la muerte. El hablante ve ese nudo de significación como un plano expresivo totalizador, como un proceso consciente, por ello, indica “Dejaré que el hombre crezca/ hasta la muerte”. Es clara la concienciación de la finitud humana.

La figura femenina cumple una función capital dentro del orbe temático de esta poesía. Ella precisa ser valorada en una dimensión distinta de la cocina, por lo tanto, quiere amar a una mujer que escriba, pinte, esculpa, cante, es decir, a una mujer que sea llama, que refulja.

El hablante lucha contra el silencio. Censura de manera frontal el proceso de despojamiento a que se ve sometido el ser humano, por parte de los medios modernos del capital “Fila interminable de desposeídos que hasta hipotecaron el sueño”.

El poeta avizora las causas sociales “izando banderas/ portando estandartes, / pan, vestido, techo”. Su acento le permite creer en la voz solidaria donde todos podríamos comer del mismo pan y beber de la misma fuente. Su voz solidaria es vehemente “entrégame mi parte/ de tu tristeza”. Huelga decir que su palabra opera como un canto de equidad “Todos somos tú y yo”.

El tema del camino es recurrente y varia- do, apela para que no se regrese por el mismo camino, que no se siga el de los otros, sino que se trace la propia ruta, aunque esté hecho de piedras, pero los obstáculos no deben ser freno para las posibilidades del factor humanidad.

La vida como trayectoria se refleja en el poema. El yo lírico establece un recuento de lo que no pudo: arreglar las injusticias, enseñar a los analfabetos, darles comida a los hambrientos, erradicar el crimen, espantar el llanto, implantar la risa y el amor, enterrar la codicia. Su actitud es una especie de ideario al estilo de Don Quijote, pues diseña un proyecto social rehumanizador, en aras del mejoramiento de la condición humana.

La conciencia es global en su canto a la naturaleza. Aduce que ha llegado en actitud de búsqueda para no contaminar. Preconiza una tierra holística para estar ahí, una tierra planeta. Aquí los árboles dan testimonio de haber sido frondosos, cuyos troncos y raíces desafiaban al viento. Censura la desmesurada comercialización del hachero y el motosierrista contra los elementos vegetales. La naturaleza aparece humanizada, porque el árbol llora, escucha su quejido y ve sus lágrimas hasta que cae herido de muerte y unos pocos con billetes en el bolsillo, producto de la destrucción irracional contra todos.

En síntesis, la obra de Ciro Montero Guevara es un ideario convertido en caminos unánimes contra los malvados que destruyen la convivencia, en un mundo que solo se nos ofrece una vez, para escribir una vida, plena y testimonial, como la de este creador guanacasteco. En MENSAJE lo recordamos, a 17 años de su ausencia.

POEMA 6

CIRO MONTERO GUEVARA (1923-2004)

Vi a un hombre que portaba una antorcha.

Vi que la llevaba encendida y corría con ella encendida.

Vi que ni el viento ni la lluvia la apagaban,

Y corría y corría con ella encendida.

Vi que corría por llanos y colinas

con ella encendida, y soñaba llegar con ella al cielo,

y decirle a Dios, Señor, aquí traigo la antorcha encendida.

Es mi luz, tómala, que mis huesos y mi carne regresan a su tumba.

 


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